
El último verano del Montecito
Para el residente de la zona oeste de la ciudad, para aquellos que no pueden viajar a refrescarse a los saltos del "interior", o para quienes gustan de nadar en las inmensas aguas que bordean nuestra ciudad, el Montecito es un oasis, un paraíso en medio de la privatización de las aguas y la jungla de cemento.
Entre las avenidas Kolping y Julio Piró, delimitando el cuadrilátero con la avenida Centenario, se encuentra uno de los últimos pedazos de acceso al río mas o menos públicos. Para los vecinos del populoso barrio de Villa Cabello, y para habitantes intrépidos de Posadas, este espacio fue siempre conocido como El Montecito, un pedazo de monte virgen al oeste de la capital. No es materia de esta humilde crónica indagar sobre los orígenes y problemáticas en torno a esta zona que actualmente se encuentra ocupada parcialmente por el club Pirá Pytá, ya que para realizar eso, todavía falta un trabajo de investigación y recolección de la memoria oral de los y las vecinas que habitan y luchan por ese espacio. Es más bien esta crónica una aproximación a lo que puede ser el último verano del Montecito.
Si miramos una imagen satelital de Posadas, simplemente navegando a través de Google Maps, podremos ver que de punta a punta esta peculiar "península" que habitamos, posee toda su costanera paranaense completamente privatizada, más allá de las dos playas públicas que posee la city. Ya sea por vecinos que se fueron quedando con terrenos linderos al río como por los magnates inmobiliarios, clubes de rio y, por supuesto, los señores feudales que gobiernan esta provincia: de Rovira hacia abajo, muchos funcionarios fueron quedándose y quitando el acceso al río, siendo que este es un derecho constitucional. Paréntesis aparte para explicar cómo es que funcionarios de una de las provincias más pobres de país logran amasar monstruosas fortunas para adquirir estas y otras tantas propiedades más.
El Paraná es el segundo río más extenso de América, superado por el Amazonas (el más extenso del mundo) y su importancia para nuestro país es crucial, ya que por sus aguas pasan el 80% de los dólares que entran al país en materia de exportaciones. Misiones es la primera provincia argentina que atraviesa, siguiendo su curso por Corrientes, Chaco, Santa Fe, Buenos Aires y desembocando (junto al río Uruguay) en el Río de la Plata, el estuario más grande del mundo. La importancia de este río es crucial en todos los pueblos que atraviesa y todas las sociedades que crecieron sobre él fueron forjando su historia, tradición y cultura en base a sus aguas, a veces mansas, otras tempestuosas y temibles, más siempre anheladas.
El Montecito recibe la parte más limpia del Paraná. Allí sus aguas son cristalinas y claras. Cuando uno se zambulle, puede verse los pies y el cuerpo entero, a diferencia de lo que sucede en playas públicas como El Brete, notoriamente reconocidas por su contaminación. Cuando uno nada en las aguas del Montecito, sabe que no va a salir con ningún zarpullido, tampoco habrá palometas buscando pelea. Quizás por estas y otras razones el club Pirá Pytá logró emplazarse allí, habrá sido también la visión obvia del crecimiento demográfico hacia el oeste, la que obligó estratégicamente a quemar medio monte y quedarse con el último acceso público al río. Cuando uno dice "acceso público al río" resulta casi como una expresión metafórica, constitucionalista, de deseo, de búsqueda. Hay algo que no se logra dimensionar respecto al acceso al agua. Refrescarse allí, simplemente sentarse entre la pequeña costanera, donde la temperatura puede bajar 8 grados en comparación del resto de la ciudad o esperar a ver caer el sol allí donde suceden los mejores atardeceres posadeños resulta en un subidón de la calidad de vida que, insisto, no logra dimensionarse.

También, cuando uno pasa días allí, cuando se habita ese espacio durante varios veranos, comienza a ver la realidad nacional repetirse aquí y en todos lados de esta hermosa provincia, este reducto de la naturaleza, el último jirón verde de nuestra geografía. ¿Hicieron alguna vez el ejercicio de abrir el mapa satelital de la Argentina, hacer zoom out, y ver la división física de nuestra patria? Se encontrará con una obviedad: nuestro país es un desierto enorme y Misiones es un punto verde entre la patria sojera. Que Misiones sea un pequeño oasis verde no tiene tanto mérito por parte de los gobiernos, sino más bien, habla de los problemas (que esta vez nos favorecen) estructurales de una provincia históricamente pobre: no hay (tantas) industrias altamente contaminantes (por suerte), no hay tantísimo desarrollo agrícola-sojero (menos mal) y la deforestación de principios del siglo XX mas o menos se detuvo. Pero lo que no se detuvo, y lo que demuestra que Misiones es igual (o peor) que cualquier rincón de nuestra sudaca nación es precisamente su falta de conciencia ambiental. Hay una obsesión gubernamental por demostrar que la provincia es un cantón suizo pero de selva subtropical, más no hace falta irse muy lejos de Posadas para encontrar la realidad, y precisamente en el Montecito se ve algo que se repite en todos lados: en medio del río, entre el monte que queda y la gurisada que juega, la basura se acumula sin ton ni son. Cualquier lugar es bueno para tirar un pañal con mierda, botellas de todo tipo o escabios vacíos reventados contra las piedras, las mismas donde luego la gurisada se sentará a hinchar las pelotas. Esto es algo que se repite en toda la provincia, en cualquier salto, en cualquier arroyo, en cualquier pedazo de agua perdido por la provincia vamos a encontrar como mínimo una bolsa del cali, una bandeja con restos de sopa, una lata de birra oxidada.

Peor aún es el grotesco espectáculo de los mersas y grasas con embarcaciones de todo tipo, que con sus motores a diesel van y vienen por el río Paraná, tirando todo ese residuo de combustible al agua, asustando a la fauna autóctona, pero peor aun, a quienes disfrutan de los deportes de agua: "Nosotros dejamos de navegar a vela los sábados y domingos, porque todo el tiempo pasan lanchas y embarcaciones a cualquier velocidad. No se puede navegar así, es un peligro, y lastimosamente dejamos de hacerlo", me cuenta uno de los habitúes del Montecito. Mientras tanto, la Prefectura hace la vista gorda al despliegue grasa de los niños ricos que van a la Isla del Medio a lucir su idiotez en forma de barco. Más, como siempre, las fuerzas policiales sí miran hacia el Montecito, donde los vecinos de Villa Cabello se acercan para pasar el calor abrasivo del verano posadeño. Varias veces nos hemos tenido que enfrentar verbalmente a Prefectura, quien viene a echarnos por estar en el agua. No solo ellos, sino la Policía de Misiones, que custodia el club Pirá Pytá celosamente de que nadie se acerque al muro que levantaron sobre la calle Kolping, para evitar que los vecinos naden en aguas privadas...como si el Paraná supiera donde empieza y termina un titulo de propiedad.

Una vez, una de tantas veces, estando en el agua, sobre el lado de la Kolping, charlé con una vecina, que había ido allí con su hija y su nieta. Ella vivió toda su vida en Villa Cabello y desde siempre venía al Montecito. "A mi ningún muro ni policía me va a decir que no puedo estar acá". Bueno, precisamente esa vez, mientras charlábamos, un cobani también popularmente conocido como rati o botón, nos pidió que nos fuéramos. Lo absurdo de esta situación era que metros más allá, dentro del muro del club, estaba su pareja con su hijo, disfrutando del río. "Yo no me voy a ningún lado. En el barrio no tenemos agua hace 2 días, decime vos cómo tengo que hacer con este calor y sin agua", le dijo la señora. Una señora muy plantada, demasiado aferrada a sus convicciones para parecer una misionera de a pie. El rati, cagón como todo poli, llamó a refuerzos. Nosotros, sin ingresar en el predio del Pirá Pytá, pero del otro lado del muro, seguíamos zambulléndonos en las vastas aguas del Paraná, hasta que una cascoteada camioneta de la policía ingresa arando. Bajan 3 cobanis, uno de ellos, con la itaca en la mano. Al igual que los grasas de las embarcaciones, los policías precisan de sus armas, como extensiones de sus penes, para mostrar autoridad. La señora seguía plantada y recontra plantada, con su nieta en brazos y su hija al lado. Más lamentablemente, un tipo enfierrado siempre te va a lograr convencer y tuvimos que corrernos unos 4 metros, al otro lado del muro, porque claro, ese muro que termina en la costanera, en realidad no termina allí sino que se extiende invisiblemente hasta quizás la costanera de Paraguay.

Este verano que pasó fuimos muchas veces al Montecito. Nadar en el Paraná es sanador, además de ser una de las mejores actividades físicas que el cuerpo humano puede realizar. Siempre vamos con varias bolsas, para cargar con nuestra mugre y la mugre ajena, ante la mirada extraña de los vecinos que ven a alguien juntar la basura de otro. Este verano el Club Pirá Pytá se abrió al público. Ya casi todos los quinchos están terminados, al igual que una cancha de fútbol, baños y demás instalaciones. Ya se ven familias yendo a pasar el día, hacer sus asados, poner música, llevar silletas y cañas de pescar. El muro de la Kolping será probablemente más reforzado, para que nadie pase por aquel lado. Pero del lado de la Julio Piró todavía existe un acceso, una bajada que todos los veranos se llena de gurisadas y familias que quieren aplacar el calor agobiante. Bordeando dicha bajada se encuentra otro acceso, más dificultoso, que lleva a otro limite con el Pirá Pytá, el cual se encuentra marcado por un alambrado. Dicho tejido metálico se adentra lentamente hacia la costa, pero deja un área mas o menos grande para aquellos intrépidos que logren acceder a ese pequeño "morro" todavía virgen, bastante limpio, y tremendamente hermoso.

Lastimosamente este verano será quizás el último verano del montecito. Aquel pedazo y aquella bajada de la Piró, todavía accesibles, comenzarán a ser lentamente copadas por el Pirá Pytá y sus socios. Mientras el calor se va y los vecinos no vayan al río, el club aprovechará la volteada. Quien hizo 10 quinchos, hace 20, quien hizo 2 muros, hace 4. Quien cerró un acceso, cierra dos, tres. Esta última vez que me acerque al rio, accediendo por la Piró, subiendo el montecito y haciendo base en una piedra sobre el río, desde donde se ven quizás los mejores atardeceres de Posadas, desde donde se puede tomar sol como si uno estuviera en el caribe o en el mar, me tiré a nadar como regularmente hago. Mi rutina es salir desde esa piedra e ir hacia la Kolping, unos 240 metros aproximadamente. Esta vez, cuando comencé a bracear, vi la cantidad de familias que había allí, mirándome extrañadas. Inmediatamente después, tal vez unos 10 minutos luego de zambullirme, una lancha se acerca y yo, desconfiado, porque siempre hay que desconfiar de los mersas y grasas con embarcaciones en esta parte del Paraná, freno mi nado y pego la vuelta hacia mi piedra. La lancha se acerca más hacía mi y arriba había dos rubias taradas y un tipo mirándome provocativamente sin decir nada. Tenía un chaleco salvavidas con algún tipo de distintivo: mi mente desconfiada veía el logo de la Policía o Prefectura pero no puedo confirmar. Se fueron sin decir nada, pero mirándome con extrañeza.

Ahora que el verano se va, que el sol no pega tanto, y que la gurisada no necesita calmar el calor con el agua del Paraná, es probable que el club decida que el otoño es un buen momento para terminar con el Montecito. Y así terminará, sin penas ni glorias, sin titulares ni noticias, el último pedazo de río libre del pueblo de Posadas. Seguramente el habitante de las cuatro avenidas ni se enterará. Posadas olvidará ese pedazo de agua y desaparecerá del registro histórico porque la historia por ahora solo se cuenta en voz baja, no vaya a ser que alguien se entere y quiera contarla.