Las manos invisibles de la yerba mate: mujeres tareferas en Misiones
A la madrugada, cuando todavía no salió el sol, muchas mujeres en Misiones ya están en movimiento. Preparan el mate, organizan a sus hijos, dejan la casa en orden y salen rumbo al yerbal. Allí, entre raídos, tijeras y largas jornadas, trabajan en la cosecha de la yerba mate. Sin embargo, cuando se habla de tarefa, casi nunca se piensa en ellas.
La imagen del tarefero sigue siendo, en el imaginario social, la de un varón fuerte, rústico, acostumbrado al trabajo duro. Esa representación, profundamente arraigada en la historia de la economía yerbatera, dejó en los márgenes a las mujeres que también cosechan, atan, cargan, cuidan y sostienen. No es que no estén: es que nadie las ve.
La yerba mate es mucho más que un cultivo en Misiones. Es identidad, es historia, es sustento económico. Desde los tiempos del mensú hasta la actual figura del tarefero, el trabajo yerbatero moldeó la vida de miles de familias. Pero ese relato, repetido una y otra vez, se construyó casi siempre en masculino.
Las mujeres tareferas trabajan en los yerbales y, al mismo tiempo, sostienen el cuidado del hogar, de los hijos y de los vínculos familiares. Viven una superposición constante de tareas productivas y de cuidado que rara vez es reconocida como trabajo. Mientras el ingreso económico se asocia a la cosecha, las tareas domésticas siguen siendo consideradas una “obligación natural”, una ayuda silenciosa que no figura en recibos ni estadísticas.
En los últimos años, incluso algunas políticas públicas que dicen buscar proteger a las familias rurales terminaron reforzando esta desigualdad. Bajo una mirada urbana y maternalista, se promovió que la tarefa sea realizada exclusivamente por varones, desplazando a las mujeres del trabajo asalariado y reduciendo su autonomía económica. Lejos de resolver el problema, estas medidas reafirman la idea de que el trabajo productivo pertenece a los hombres y el cuidado a las mujeres.
Así, las tareferas quedan atrapadas en una doble invisibilización: no son reconocidas plenamente como trabajadoras y, al mismo tiempo, cargan con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados. Su esfuerzo sostiene la economía yerbatera y la vida cotidiana, pero permanece en los márgenes del relato oficial.
Hablar de mujeres tareferas no es sumar un dato de color a la historia del trabajo rural. Es cuestionar qué entendemos por trabajo, quiénes cuentan como trabajadores y por qué ciertas tareas siguen siendo consideradas secundarias o naturales. Es, también, una invitación a mirar los yerbales con otros ojos y a reconocer a quienes, desde hace décadas, sostienen el mundo sin que casi nadie las nombre.