Lali en el Monumental: cultura en tiempos de ajuste
A un mes del recital de Lali en el Monumental, el recuerdo se mantiene fresco, como si todo hubiera ocurrido ayer. La sensación de cumplir un sueño que llevó esfuerzo personal sigue ahí, intacta. En un país donde cada salida se calcula con precisión quirúrgica, estar en un estadio lleno también es un acto político. Esa noche, mientras miles cantábamos a una voz con Lali, ella sostenía su lugar como figura pública en un contexto donde viene siendo atacada públicamente por el gobierno en el poder. Quizás por eso el recital no fue solo una fiesta pop, sino una afirmación colectiva de presencia.
Recital en el presupuesto ¿Sí, no, puede ser?
Ir al Monumental el 6 de junio no fue un gesto espontáneo. Fue una decisión económica. En un contexto donde cada salida se evalúa un millón de veces, miles de personas eligieron invertir en un plan que es mucho más que solo música, fue cultura, fue comunidad, fue presencia. Entradas en cuotas, viajes desde otras provincias, comida comprada afuera para abaratar costos: el público que llenó el estadio no llegó por casualidad, llegó por esfuerzo.

Ese dato, que suele quedar fuera de las crónicas, es central para entender lo que pasó. La cultura no es un lujo, pero hoy se vive como tal. Sin embargo, ahí estaban: familias, adolescentes, grupos de amigas, gente que viajó sola. Todos sosteniendo la idea de que todavía es posible encontrarse en un recital, incluso cuando la economía empuja hacia el encierro.
Lali: Una artista en disputa pública
Desde que el gobierno de Javier Milei asumió en diciembre de 2023, distintas figuras de la cultura fueron blanco de ataques y descalificaciones. Lali fue una de las más señaladas. Venía de semanas de hostigamiento público por parte del presidente, que la había cuestionado en redes y en declaraciones, apuntando directamente a su trabajo, a su posicionamiento político y a su rol como artista.
Ese clima de hostigamiento simbólico se trasladó también a los medios públicos, donde trabajadores denunciaron medidas concretas de silenciamiento. En Radio Nacional, el sindicato de prensa (Fatpren) difundió un comunicado titulado “Censura e indigencia”, en el que acusó a la conducción del medio de prohibir pasar canciones de Lali, bajar entrevistas ya grabadas y evitar cualquier mención a su nombre. La denuncia señalaba que no se trataba de decisiones editoriales, sino de una directiva política que buscaba borrar a la artista del aire estatal.
En paralelo, periodistas y extrabajadores de la TV Pública revelaron que existía una orden interna estricta: no nombrar a Lali Espósito al aire. La instrucción, según los testimonios, era explícita y sin matices. Ese tipo de silenciamiento, aunque no implique una censura formal en términos legales, constituye una forma de censura simbólica, especialmente cuando proviene de medios financiados por el Estado.

Este dato no es menor: cuando el poder político apunta contra un artista, su presencia en un escenario masivo deja de ser solo entretenimiento y se vuelve un gesto de resistencia cultural. Quienes estuvimos en el Monumental podíamos sentir esa tensión. No hacía falta que Lali dijera nada explícito: el público estaba leyendo el contexto y entendía de qué se trataba. Ese es el punto que vuelve al show de Lali un hito político además de artístico: su presencia en el escenario fue una afirmación de identidad en un momento donde se intentaba reducirla al silencio. Y la respuesta del público fue, también, una defensa de la cultura frente a la hostilidad del poder.
El minuto de silencio que gritó fuerte
En su presentación del 6 de junio, Lali propuso detener el estadio por un minuto en homenaje a todas las víctimas de femicidio en nuestro país. Además, estábamos atravesando la semana de #NiUnaMenos, y marcada por los femicidios de dos adolescentes, Agostina Vega y Dulce María Beatriz Candia, cuyos nombres habían sacudido la agenda pública y las redes sociales.
El Monumental, que minutos antes era un mar de gritos, luces y euforia, quedó en silencio absoluto. Un silencio denso, incómodo, que no buscaba solemnidad sino conciencia. No había música, no había pantallas, no había discurso. Solo miles de personas respirando al mismo tiempo, sosteniendo una ausencia que pesa más que cualquier coreografía.

Ese minuto fue también un acto político porque nombrar la violencia de género en un estadio repleto es un acto de responsabilidad social y cultural. En un contexto donde los debates sobre derechos, violencias y políticas públicas se tensan cada día, ese silencio funcionó como un recordatorio de que la música también puede ser un espacio de memoria y de denuncia.
En un país donde la violencia de género es una herida abierta, callar juntos fue una forma de gritar.

Un homenaje que atraviesa generaciones
La noche también estuvo atravesada por la memoria. El homenaje al Indio Solari, apenas un día después de su fallecimiento, generó un puente inesperado entre mundos musicales que suelen presentarse como opuestos. El pop y el rock, el fandom joven y la tradición ricotera, la fiesta y la despedida. Ese gesto mostró algo que a veces se pierde en la discusión pública: que la cultura argentina es más amplia que cualquier grieta.

*Las fotos son del Instagram de Lali.