Todo acto es político, incluso un mundial de fútbol
Hay partidos que se juegan en la cancha y además se juegan en la memoria. Este miércoles, cuando Argentina enfrente a Inglaterra en Atlanta, no va a ser solo fútbol: va a ser historia, heridas abiertas, orgullo y una conversación que vuelve cada vez que la pelota rueda entre estas dos camisetas. Porque sí: un mundial también es político. Y este cruce, más que ninguno, lo demuestra.

1986: El día que Dios hizo un gol
El 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca, Argentina e Inglaterra se encontraron disputando un partido de fútbol en el mundial México ´86, tan solo cuatro años después de la Guerra de Malvinas. Ese sí que no era un partido más, era la tan esperada revancha en honor a aquellos que no volvieron a sus hogares.
Diego Maradona hizo lo que solo él podía hacer: un gol con la mano que quedó bautizado como La Mano de Dios, esa mezcla de picardía y astucia futbolística que muchos argentinos celebraron como si fuera un acto de justicia divina. Y después, el otro: el Gol del Siglo, ese recorrido imposible en el que dejó ingleses tirados como postes, uno tras otro, hasta que la pelota entró y el mundo entendió que estaba viendo algo irrepetible.

Ese partido no sólo consolidó a Maradona como leyenda del fútbol, también se convirtió en un capítulo emocional de la historia argentina. Una victoria que, para muchos, funcionó como un alivio después de la guerra, como un gesto mínimo de reparación en un país que todavía estaba aprendiendo a nombrar sus dolores.
Argentina e Inglaterra: una rivalidad que tiene historia
Las Islas Malvinas siempre fueron un punto codiciado en el Atlántico Sur. Por su ubicación estratégica —entre rutas marítimas que conectan América del Sur con el Pacífico, la India y China— y por la riqueza de sus aguas, distintos países pusieron un pie allí mucho antes de que existiera la Argentina como nación.
Durante los siglos XVIII y XIX, las islas vieron pasar a Francia, España, Gran Bretaña, Estados Unidos y, más tarde, a las Provincias Unidas del Río de la Plata, el nombre del territorio que hoy conocemos como Argentina. Cada uno llegó por motivos distintos: pesca, comercio, exploración o control geopolítico.
Cuando Argentina inició su proceso de independencia en 1810, heredó —como todos los países latinoamericanos que se separaron de España— los territorios que habían estado bajo administración española. Entre ellos, las Malvinas. Por eso, en 1820, el gobierno argentino envió una expedición oficial para tomar posesión del archipiélago y, poco después, instaló una colonia con población civil y presencia militar.
Pero en 1833, en tiempos de paz, el Reino Unido decidió ocupar las islas por la fuerza. Llegaron barcos británicos, exigieron la retirada de las autoridades argentinas y tomaron el control. Argentina protestó desde el primer día, pero no tenía capacidad militar para resistir.
Desde entonces —salvo las semanas de la guerra de 1982— las Malvinas permanecen bajo dominio británico. Y Argentina sostiene hasta hoy su reclamo diplomático, histórico y político.
Bueno, este, digamos… tanto no sostiene ese reclamo ya que el actual presidente Javier Milei en cada oportunidad que tuvo, sostiene su admiración por Margaret Thatcher.

Margaret Thatcher, conocida como la “Dama de Hierro”, fue primera ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990. Fue la primera mujer en ocupar ese cargo y una figura política de línea dura, famosa por su discurso anticomunista y por aplicar políticas económicas que transformaron profundamente a su país.
En 1982, cuando estalló la Guerra de Malvinas, Thatcher era la jefa de gobierno británico. Bajo su mando, el Reino Unido respondió militarmente a la ofensiva argentina y declaró una zona de guerra alrededor de las islas. Su decisión de enviar tropas fue determinante para el desarrollo del conflicto.
La guerra, además, tuvo un impacto político directo: según la Enciclopedia Britannica, el conflicto le devolvió popularidad interna y contribuyó a que ganara las elecciones de 1983. Para muchos británicos, Thatcher quedó asociada a la defensa del territorio; para muchos argentinos, a la consolidación de una ocupación que el país denuncia como ilegítima desde 1833.
“Por los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”

La historia no vive solamente en los libros, vive en la mesa del almuerzo, en las discusiones del trabajo, en los silencios que heredamos sin darnos cuenta. La política tampoco está solo en los discursos o en los cargos; está en cómo miramos un partido, en qué sentimos cuando escuchamos “Malvinas”, en la memoria que se activa cada vez que ocurre un hecho.
Por eso este cruce con Inglaterra no es solo fútbol. Es la prueba de que la historia se resignifica cada día, que sigue latiendo en la vida cotidiana mucho más de lo que creemos. Que las decisiones de ayer todavía moldean quiénes somos hoy. Y que, aunque algunos intenten desarmar ese sentido, hay cosas que no se borran: se recuerdan, se discuten, se defienden.
Este miércoles, cuando la selección salga a la cancha, vamos a ser más argentinos que nunca. No por la camiseta, sino por todo lo que cargamos detrás de ella: memoria, identidad, disputa, territorio. Porque sí: un mundial también es político. Y este partido, más que ninguno.