La FED, el interior y esa extraña palabra llamada federalización
Cómo se vivió la feria de editoriales independientes más grande de Latinoamérica en medio del intento de desregulación de la actividad librera. Desde Loreto, Misiones, la FED también fue una oportunidad de circulación y encuentro que puso en evidencia las tensiones de un sector que reclama federalización, pero todavía concentra buena parte de su actividad en Buenos Aires.
Fuimos desde Misiones a Buenos Aires con motivo de la Feria de Editores (FED), en medio de la discusión por el intento de desregulación de la Ley de Defensa de la Actividad Librera. Volvimos con la buena noticia de que el proyecto había quedado fuera de la votación como consecuencia del rechazo generalizado del sector. Pero durante esos días de diálogo, en un espacio donde conviven 330 editoriales, pudimos notar con cierta incomodidad que el pequeño y frágil ecosistema del libro argentino, que parece reconocerse como colectivo en el discurso ante una amenaza externa, está bastante más fragmentado cuando se analizan sus prácticas particulares. Aparecen editoriales que sostienen públicamente la necesidad de defender a las librerías pero que prefieren vender directamente por Mercado Libre; otras a los gritos ofrecían 2x1 o descuentos de hasta el 50%, algo que una librería no podría sostener, y mientras que otras mantienen promociones permanentes en sus sitios web, con packs de libros y envíos gratuitos. No es atribuir mala fe a nadie querer señalar esta contradicción: se está tratando de sostener una ley que piensa en un sistema de libros, lectores, librerías y editoriales mientras muchas de las prácticas cotidianas del sector tienden a funcionar como si ese sistema no existiera, a acortar la cadena del libro, quitarle participación a uno de sus eslabones más vitales y a pensar el problema desde la comodidad o la rentabilidad individual. La editorial gana un porcentaje mayor vendiendo directamente sus libros, sí, pero a la larga va a vender menos libros y seguramente haya otras batallas que dar para hacer que editar sea más barato. Pareciera que la discusión se ha desviado hacia la repartija de una torta cada vez más chica, en lugar de trabajar para ampliar esa "masa de lectores" con la que hacer crecer la torta.
Editar desde la distancia también tiene un costo
Llegar a la FED, para una editorial del interior, implica hacer más de mil kilómetros en colectivo hasta Buenos Aires, llevar libros, conseguir alojamiento, pagar comida, liberarse durante varios días para poder atender el stand y afrontar una cantidad de gastos que una editorial pequeña tiene que calcular varias veces antes de decidir si puede participar. La distancia no es un dato geográfico cuando se habla de una industria tan concentrada y una territorialidad tan amplia como la nuestra. Por eso quizás esa feria se ve diferente desde el interior. Y algo de eso pasa con sus estadísticas: este año pasaron por la feria 39.950 personas. Para alguien de una ciudad que se piensa en millones, ese número quizás no tenga el mismo impacto que para quienes venimos de un pueblo de 1.380 habitantes. Durante los cuatro días, además, se vendieron 80.981 ejemplares. En nuestra provincia no existe todavía un movimiento capaz de reunir a esa cantidad de personas con ganas de leer. Para Mono gramático, la editorial que hacemos desde Loreto, no se trata solamente de ir a vender, sino de mostrar un catálogo, encontrarnos con libreros, conocer otros editores y poner los libros en circulación fuera del territorio en el que fueron publicados.

Los números de la propia encuesta de la FED ayudan a entender por qué esa diferencia importa. El 29,8% de las editoriales que participaron este año no estuvo en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Cuando se les preguntó qué feria resultaba más rentable considerando todos los gastos, el tiempo invertido y las ventas, el 71,2% respondió que la FED, mientras que solamente el 13,6% eligió la Feria Internacional del Libro. Para quienes vivimos lejos, esos datos dicen algo bastante concreto: la FED se volvió una parte importante de la vida de las editoriales independientes, una de las pocas instancias en las que pueden acceder a una concentración de lectores y de actores del sector que, durante el resto del año, están geográficamente muy lejos.
Federalizar es algo más que solo dar un espacio
Por eso algunas de las discusiones que circularon alrededor de la feria nos resultaron difíciles de leer desde nuestro lugar. Vimos que se puede discutir todo: el precio de los stands, la organización, el sistema de acceso con QR, los sponsors, la distribución de los espacios o cualquier otra decisión que toma la feria. Pero, de hecho, la propia FED publica las encuestas de los expositores, responde a los comentarios y explica las decisiones que toma. Hay algunas decisiones de la FED que muestran que existe una desigualdad en la circulación de los libros en Argentina y que la organización intenta intervenir sobre ella. El programa Librerías Aliadas despachó este año 201 bultos, alrededor de 1.970 kilos de libros, con envío sin cargo para las librerías, frente a los 158 bultos y aproximadamente 1.580 kilos del año anterior. Otra vez, lo que parecen cifras se vuelve una política de circulación, ya que el costo del transporte es una de las razones por las que una librería puede terminar comprando siempre los mismos catálogos y dejando afuera a editoriales cuya distribución es más difícil. La propia FED señala que busca compensar justamente esa situación.
También este año ocurrió algo que nos parece especialmente interesante para discutir la idea de federalización. Los dos stands de Sudestada fueron retirados después de que la editorial incumpliera el reglamento de la feria al vender libros de otras editoriales, entre ellos títulos de Anagrama que habían llevado desde su librería. La organización y otros expositores les pidieron que retiraran esos ejemplares y, ante la continuidad del conflicto, los espacios fueron reasignados a editoriales de Santiago del Estero y Río Negro, en articulación con el Fondo Nacional de las Artes.
Ese es un dato concreto que también merece formar parte de la discusión: dos espacios ocupados por una editorial de Buenos Aires terminaron destinados a editoriales del interior. Nosotros somos la única editorial de Misiones que participa de la feria y hace dos años que tenemos allí un lugar. En un contexto en el que hablamos permanentemente de federalización de la cultura, también es necesario mirar estas decisiones concretas.
Todo esto se vuelve todavía más relevante cuando lo ponemos en relación con la discusión sobre la Ley de Defensa de la Actividad Librera. El rechazo a la desregulación fue una de las pocas ocasiones recientes en las que una parte importante del sector editorial pudo reconocerse alrededor de una preocupación común, y fue importante que el proyecto finalmente no avanzara. Pero ese golpe dejó al descubierto las contradicciones de un sector cuyos integrantes toman decisiones comerciales que muchas veces van en dirección contraria a aquello que públicamente dicen defender. Una editorial puede vender directamente, hacer una promoción, ofrecer un pack o absorber el costo de un envío; una librería y una distribuidora tienen que sostener un local, pagar salarios, servicios, impuestos y alquiler, y trabajar con un stock que no pueden modificar con la misma velocidad. Por eso, cuando una editorial compite con sus propias librerías mediante descuentos permanentes y después participa de una campaña en defensa de la actividad librera, hay una discusión pendiente que ninguna ley va a poder resolver.
Lo mismo podría decirse de algunos distribuidores independientes que participan activamente del discurso de defensa de la cadena del libro mientras mantienen deudas o demoran pagos a pequeñas editoriales. Defender la cadena del libro también implica asumir las obligaciones que existen dentro de esa cadena, aunque esa parte de la discusión tenga bastante menos visibilidad que un comunicado o una foto de una movilización. Digo esto para no hablar de las editoriales que no les pagan a sus autores o de aquellas que les cobran.
La FED, entonces, nos hizo reflexionar. Durante cuatro días, la gente hizo fila para entrar a un evento que no solo tiene entrada gratuita, sino que además regala un libro al ingresar. Este año, a cambio, tuvo que dejar su mail, que será utilizado para informar sobre el cambio de locación, ya que la feria se muda el año que viene a un espacio más grande. Puede discutirse el sistema, por supuesto, pero hay algo que no deja de llamar la atención: casi cuarenta mil personas estuvieron dispuestas a hacer fila para entrar a una feria de editoriales independientes que no cobra entrada y que, además, les entrega un libro.
Creo que la discusión sobre la FED debería incorporar una pregunta que suele quedar afuera cuando todo se mira desde adentro de Buenos Aires: qué significa esa feria para quienes no estamos ahí durante todo el año. Fuimos desde Misiones, hicimos las cuentas, cargamos los libros y viajamos más de mil kilómetros. Volvimos sabiendo que todavía queda mucho por discutir, tanto desde nuestra provincia como dentro del propio sector y sobre nuestras propias prácticas, pero también con algo que parece bastante sencillo y que no deberíamos perder de vista: en un país que habla tanto de federalización, que una feria nacional haga un lugar efectivo para quienes publicamos lejos de Buenos Aires importa mucho.