Rudas Kuir: hacer música, incomodar y construir otra forma de estar en escena
En el patio de la casa donde ensayan, entre plantas, mates y un gato que va y viene, Rudas Kuir habla de punk, escena musical, organización colectiva y militancia. La banda de mujeres y disidencias cumple dos años y prepara una fecha que propone música, pogo y encuentro.
Aymara Schwieters y Flor Bueno
Hay una monstera enorme que ocupa buena parte del patio. Las hojas de las plantas de banana se mezclan con otras especies que crecen alrededor de la casa y, cada tanto, un gato cruza la escena con la naturalidad de quien conoce demasiado bien a quienes están ahí. Hay mate, risas y una conversación que por momentos se vuelve seria, aunque nunca pierde del todo el tono de charla entre amigas. En alguna habitación del lugar, esperan los instrumentos. Después de la entrevista, Rudas Kuir va a ensayar.
El viernes 28 de agosto tienen una fecha especial: cumplen dos años y quieren festejar tocando. Pero esta tarde, antes de que aparezcan las guitarras y la batería, hablan de cómo empezó todo, de lo difícil que resulta encontrar un lugar para las pibas en la escena rockera de Posadas y de por qué, para ellas, formar una banda también implica discutir las maneras de relacionarse, de organizarse y de ocupar un escenario.
Rudxs Kuir nació el 8 de agosto de 2024. Ellas lo llaman un día “portal”: 8/8/8, porque la suma de los números del año también da ocho. La historia comenzó con una propuesta para armar una banda de mujeres para un festival. Ele tocaba la batería y aceptó, aunque enseguida apareció el primer problema: no conocía guitarristas. Un contacto llevó a otro hasta llegar a Flor. Después apareció Camil, a quien Ele conocía de las marchas y de otros espacios de manifestación y a quien imaginaba justamente ahí, adelante, poniendo la voz.
“Si alguna vez tenemos una banda, me gustaría que esté ahí, dándolo todo en el frente”, había pensado.
La formación siguió mutando. Llegó Eli para hacerse cargo del bajo, después Val como segunda guitarra, mientras Liza se incorporó como stage manager y sonidista y Sol comenzó a acompañar desde el registro audiovisual. Hoy la banda está integrada por Eli en bajo eléctrico; Flor y Val en guitarras eléctricas; Ele en batería y producción ejecutiva; Camil en voz, producción y letras; Liza en stage management y sonido, y Sol detrás de cámara.
No dicen ser las primeras. Recuerdan a grandes artistas que las presedieron nombran a Caa Yarí, Terror Manija y Godness como antecedentes de otras bandas de mujeres y disidencias que existieron en Posadas. Lo que sí reconocen es ocupar un lugar particular en la escena actual. Una escena que, para ellas, todavía tiene demasiadas puertas cerradas y demasiados espacios donde las reglas parecen haber sido escritas antes de que llegaran.
Quizás por eso la pregunta con la que empezó todo —¿dónde están las pibas que hacen rock?— todavía sigue dando vueltas.
Una banda con muchas cabezas
Rudxs Kuir no tiene una líder. No hay una cabeza que toma las decisiones y las demás siguen. Camil y Eli son quienes hoy empujan con más fuerza la producción y sostienen buena parte de la organización, pero la estructura que eligieron es otra: asambleas, reuniones, consultas colectivas y conversaciones después de cada fecha.
“Todo accionar, toda fecha se decide colectivamente”, explica Camil. Si van a presentarse en algún lugar, se reúnen. Si termina un recital, vuelven a encontrarse para hablar de lo que pasó. Qué salió bien, qué no, qué sintieron, qué quieren cambiar.
“Tratamos de ser lo más horizontal posible”, dice.
La palabra autogestión aparece varias veces. También independencia y colectivo. No es solo una forma práctica de resolver quién consigue una fecha o quién se ocupa de la producción. Hay una decisión política detrás de esa manera de hacer las cosas: discutir cómo se construye una banda mientras se intenta construir también otro tipo de vínculo entre quienes la integran.
Quizás por eso, cuando se les pregunta qué diferencia a Rudxs Kuir de una banda de varones, Camil se queda pensando. No quiere responder rápido. Dice que tendría que pensar bien la pregunta. Después aparecen algunas palabras: fragilidad, sensibilidad, cuestionamiento, ego.
“Permitirse ser frágil, sensible”, dice. “Cuestionarnos el ego”.
Hay algo que para ella resulta central: no asumir que estar arriba de un escenario alcanza. A Rudxs Kuir le interesa saber qué le pasó a quien las escuchó, qué disfrutó, qué no funcionó, qué podría hacerse de otra manera. Ese intercambio vuelve a la banda y se transforma en una nueva conversación interna.
“Nos reinteresa saber qué le pasa al público, cómo la pasó, que nos digan: ‘Che, esto estuvo bueno, esto no’”.
Al interior de Rudxs, no todas piensan igual. Algunas integrantes son feministas, otras no se identifican de esa manera. Y eso también forma parte de lo que sucede adentro de la banda: estar juntas las obliga, en algún punto, a hacerse preguntas.
A veces las respuestas no son inmediatas. Pero las preguntas quedan.
Una artista que compartió con ellas ese proceso lo notó desde afuera. Acostumbrada a trabajar con varones, se sorprendió al ver cómo se comunican las integrantes de Rudxs Kuir: cómo pueden plantear algo sin que necesariamente se transforme en una disputa, cómo escuchan una opinión diferente y cómo esa diferencia puede convertirse en parte de la construcción.
Es una de esas cosas que quizás no se ven desde el escenario, pero que también hacen a una banda.
“No tenemos ni un cuarto de los privilegios”
La conversación vuelve entonces a la escena musical y a algo que va más allá de las invitaciones a tocar.
Porque una banda no empieza cuando se encienden los amplificadores. También necesita movilidad, tiempo, trabajo, instrumentos, sonido, contactos, lugares de ensayo y dinero. Y ahí, dicen, las diferencias entre las bandas de varones y las de mujeres y disidencias se vuelven concretas.
Camil pone un ejemplo sencillo: puede pasar que tres integrantes de una banda de varones tengan auto. En una banda de pibas, quizás solamente una. Puede ocurrir que todos los varones tengan trabajo registrado y que entre las mujeres haya una sola persona en esa situación.
“No tenemos ni un cuarto de los privilegios que tienen las bandas de chabones”, plantea.
No lo dice como una excusa. De hecho, insiste en que no se trata de victimización, sino de visibilización. Porque, aun cuando las condiciones no sean las mismas, hay algo que Rudxs Kuir decidió hace tiempo: no esperar a que alguien les abra la puerta.
“Nosotras vamos a tocar igual. Nos inviten o no nos inviten.”
Las invitaciones, además, no se reparten de la misma manera. En Posadas, cuentan, suelen ser mujeres y disidencias quienes las convocan. En Oberá tocaron invitadas por Plaza Marica. Las invitaciones de bandas de varones son mucho menos frecuentes y, cuando aparecen, muchas veces les toca abrir la fecha cuando todavía no llegó el público.

Camil cita a Malena Pichot con la expresión “camaradería peniana” para tratar de explicar lo que pasa. Esa red de vínculos y complicidades entre varones que se invitan, se recomiendan y se abren espacios entre ellos.
Entre las pibas, dice, funciona de otra manera. No hay una camaradería de vulva. Hay empatía, visibilización, resistencia y un deseo concreto de que haya más mujeres y disidencias arriba de los escenarios.
Y esa diferencia, lejos de quitarles fuerza, terminó convirtiéndose en uno de los motores de la banda. “Creemos que nació por eso la banda”, dicen.
Ruda, Kuir y punk
El nombre también fue una construcción colectiva. Durante un tiempo discutieron qué palabra podía contener aquello que querían hacer. Sabían que querían “ruda”, pero no encontraban cómo nombrarla.
Hasta que apareció Rudxs Kuir.
“Ni ruda hembra ni ruda macho, sino ruda Kuir”, señala Ele entre risas.
El nombre terminó funcionando como una síntesis bastante precisa de una banda que no busca acomodarse en una categoría cerrada. También de una escena que quieren ampliar.
Sus referencias son variadas. Lucy Patané, Marilina Bertoldi, Las Ex, Los Besos, Pequeño Bambi, Gilda y María Elena Walsh aparecen entre los nombres que escuchan y que alimentan ese universo sonoro y afectivo. Hay punk, rock, poesía, pop y canciones que forman parte de distintas generaciones.
Pero hay algo que las atraviesa a todas: la presencia de mujeres y disidencias argentinas que hicieron música y ocuparon escenarios.
Primero llegaron los covers. Después empezaron a encontrarse musicalmente. Ahora tienen tres temas propios y un objetivo que aparece una y otra vez durante la charla: grabar.
El tiempo, sin embargo, no sobra. Coordinar horarios entre varias personas, sostener ensayos y producir una banda independiente en este contexto no es sencillo. Aun así, la lista de planes crece: grabar, tocar en Córdoba, llegar al Encuentro Plurinacional de Mujeres y Disidencias y seguir encontrando escenarios.
“La tibieza no es punk”
Hay un momento de la conversación en que el tono cambia. Hablan del punk y de lo que esperan de una escena que, según ellas, debería incomodar un poco más.
Camil es contundente: “Para mí, el punk de acá es bastante sumiso. No dice las cosas”.
No habla solamente de música. Habla de lo que ocurre alrededor: jubilados, personas con discapacidad, universidades, salud, pobreza, ajuste. De una Argentina atravesada por conflictos que, desde su mirada, no pueden quedar afuera de quienes tienen un micrófono.
“Uno como artista se tiene que posicionar y tiene que decir lo que está pasando en el país, en Latinoamérica y en todo el mundo.”
La discusión no es nueva, pero para ellas adquiere una urgencia particular porque sienten que gran parte de la escena artística local permanece demasiado callada. Y cuando se tiene un escenario, esa decisión también comunica.
“Tenemos un micrófono, esto se amplifica.”
Eli toma la palabra y lo resume de una manera que parece hecha para quedar escrita:
“La tibieza no es punk”.
No se trata, dicen, de convertir cada recital en un acto político ni de que todas las bandas tengan que pensar lo mismo. Se trata de asumir que el arte ocurre dentro de una sociedad y que quienes lo producen también forman parte de ella.
Por eso la escena no termina en el escenario.
Ponerle el cuerpo a la vida
Las Rudxs hablan de marchas, de protestas y de la toma de la universidad. Recuerdan especialmente una jornada en la que llevaron sus instrumentos hasta la Facultad de Humanidades y tocaron en defensa de la universidad pública.
Hay algo contradictorio en el recuerdo: dicen que fue horrible por todo lo que estaba pasando, pero hermoso por estar ahí, juntas, haciendo lo que saben hacer.
“Pensamos que hay que estar en esos lugares”.
Para ellas, la participación no se limita a acompañar una consigna desde las redes. Hay que estar, dicen. Poner el cuerpo. “No es solo ponerle el cuerpo al escenario, es ponerle el cuerpo a la vida”.
Y en esa frase aparece otra discusión: la de los artistas como trabajadores. Hablan del desfinanciamiento de las instituciones culturales y de políticas que permitieron que proyectos federales pudieran surgir, crecer y sostenerse. Mencionan el INCAA y el Fondo Nacional de las Artes, entre otros espacios y políticas públicas que consideran fundamentales para el sector.
“No me cabe quedarme en mi casa haciendo música para que suceda”.
¿Para quién hacen música?
La respuesta llega sin demasiadas vueltas:
“Para el pueblo”.
Y entonces aparece una idea que atraviesa toda la conversación: quizás también haya que empezar a pensarse como trabajadores de la cultura. No como figuras separadas de lo que ocurre alrededor, sino como parte de una comunidad que produce, trabaja, reclama y necesita condiciones para seguir creando.
Un cumpleaños con pogo
Después de dos años, Rudxs Kuir tiene tres canciones propias, una lista de planes que parece no terminar y una fecha que funciona como celebración, pero también como declaración de principios.

Este viernes 28 de agosto festejan su segundo aniversario en HD, rodeadas de mujeres y disidencias. Durante estos días ensayan con las artistas que serán parte de la fecha. Erika Kehl y Pinky Lala ya pasaron por estos ensayos. También estarán DJ Guayaba Antisystem, Vale Monster y Gerald, entre otras invitadas.
La propuesta es bailar, escuchar música, hacer pogo y encontrarse. Pero también llevar algo más: alimentos, abrigo, ropa de cama, frazadas, colchones, lonas o clavos para colaborar con Puente Quemado II.
La celebración, entonces, se parece bastante a la banda que la organiza. Colectiva, autogestiva, independiente y un poco incómoda con las formas establecidas de hacer las cosas.
“Está buenísimo poder decir cosas que por ahí, desde la individualidad, no las podemos decir, pero poder decirlas a través de la música y con amichis y haciendo pogo”, señalan.
Quieren romper, incluso, con la idea de cómo se supone que hay que festejar.
Porque quizás celebrar dos años de una banda también sea eso: juntarse con otras, compartir un escenario, bailar, hacer ruido y recordar que la música puede ser un lugar de encuentro, pero también una herramienta para decir lo que de otro modo cuesta decir.
Cuando la charla termina, llega el momento del ensayo.
Entramos a la casa, donde en una habitación descansan los instrumentos, que empiezan a ocupar el centro de la escena. La batería marca el ritmo, las guitarras llenan el espacio y las voces se mezclan con el ruido de la casa. Afuera, las plantas siguirán creciendo al ritmo del punk, de algunas cumbias y otro poco de rock. El gato continuará con su recorrido, pero no indiferente al ensayo y al cumpleaños que se viene, porque es parte de la grupalidad.
Quizás ahí, entre ese patio frondoso, los instrumentos, el mate que quedó a un costado y el ruido que empieza a subir, aparezca una imagen bastante precisa de lo que es Rudxs Kuir: una banda que nació porque faltaban pibas en el escenario y que, dos años después, no se conforma con haber encontrado un lugar.
Convirtieron la falta de oportunidades en motor. Deciden hacer ruido cuando el silencio resulta demasiado cómodo. Construyen el escenario a su manera, discuten cómo se ocupa y quieren abrirlo para que entren otres.
Porque para Rudxs Kuir tocar también es una forma de decir que están ahí. Que se escuchan, se cuestionan y se acompañan. Que no necesitan esperar una invitación para subir a un escenario.
Y, sobre todo, de entender que una banda puede ser mucho más que un grupo de personas que se juntan a tocar. Puede ser también una forma de estar juntas, de luchar y de hacer de la música una herramienta para incomodar.
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