Sara Hebe hizo del pogo un territorio de lucha
En la Peña Itapúa, la artista presentó su nuevo disco Negocionismo y convirtió el escenario en un espacio para bailar, gritar y hablar de territorio, agua y luchas colectivas. En un momento de la noche se puso la remera de Mandioca: “Los Ríos Libres y las Malvinas Argentinas”.
Hay recitales que terminan cuando se apagan las luces. Y hay otros que dejan algo vibrando después, cuando el escenario queda vacío y todavía queda en el cuerpo el golpe de los bajos, el cansancio del pogo y alguna frase dando vueltas. El viernes 22 de agosto, Sara Hebe volvió a Posadas y pasó algo de eso.
La Peña Itapúa se convirtió durante varias horas en un territorio de música, baile, furia y encuentro. Sara llegó para presentar su nuevo disco, Negocionismo, pero el show fue bastante más que una presentación de canciones. Fue electrónica, drum and bass, rap, cumbia, punk y una dosis generosa de energía arriba del escenario. Fue también hablar de aquello que atraviesa sus canciones desde hace años: el trabajo, la desigualdad, la violencia, la organización y las luchas que aparecen cuando la vida cotidiana se vuelve demasiado pesada.

Sara no canta desde un lugar cómodo. Tampoco parece interesarle. Sube al escenario y ocupa el espacio entero. Salta, baila, corre, arenga, mira al público. En distintos momentos toma el celular para filmar y fotografiar a quienes están abajo. El público devuelve el gesto: salta, canta, se empuja en el pogo y vuelve a levantarse, hay una comunicación que no necesita demasiadas explicaciones.
Una fiesta también puede decir cosas
La música de Sara Hebe siempre tuvo algo de movimiento. Incluso cuando habla de bronca, hay un cuerpo que quiere bailar. Esa combinación aparece con fuerza en Negocionismo, donde las bases electrónicas y el drum and bass conviven con una escritura que no pierde su filo.
En Posadas, esa mezcla funcionó como una especie de combustible. Las canciones se sucedieron entre luces, bases pesadas y un público que ya conocía buena parte de la obra de Sara, pero que también estaba ahí para encontrarse con una artista que hace tiempo entendió que la música puede ser fiesta y, al mismo tiempo, herramienta política.
No hace falta elegir entre bailar y pensar. Quizás esa sea una de las claves de su propuesta: hacer que la bronca pueda convertirse en movimiento. Que la indignación no quede encerrada en una pantalla. Que una canción pueda transformarse en pogo, y que ese pogo pueda ser también una forma de estar juntxs.

En un momento de la noche, la discusión por el territorio apareció de manera directa. Sara tomó un cartel vinculado a las tierras de Puente Quemado y lo sostuvo mientras cantaba. La escena no necesitó demasiadas palabras. En Misiones, hablar de tierra es hablar de monte, de agua, de comunidades, de producción, de empresas que arrasan con todo, de fronteras y también de quién decide sobre cada uno de esos territorios. Es una discusión que atraviesa la provincia y que en los últimos meses volvió a ocupar un lugar central.
Y entonces apareció otra escena. ¡Sara Hebe se puso la remera de Mandioca! En el pecho, la frase: “Los Ríos Libres y las Malvinas Argentinas”. Por unos minutos, esa consigna que nació en la cancha, se trasladó a las calles, y pasó a ser parte de nuestras coberturas de las luchas por el territorio misionero quedó arriba del escenario de la Peña Itapúa. La remera circuló como circulan las consignas cuando encuentran dónde alojarse: de un cuerpo a otro, de una lucha a otra, de una canción a otra. No fue un detalle de vestuario. Fue un gesto cargado de posicionamiento político.

El territorio también se baila
El vínculo entre Sara Hebe y Posadas no empezó esa noche. Antes del show, la artista había hablado de sus ganas de volver a encontrarse con un público que ya conocía y con quienes llegaban por primera vez. También había valorado que la fecha fuera producida de manera autogestiva por mujeres de Histórikas. Eso también importa, porque en un momento en que la cultura independiente pelea por sostener espacios, producir fechas, pagar traslados, sonido, equipos y trabajo, que una artista de esta dimensión llegue a Posadas no es solamente una cuestión de agenda.
Hay una escena cultural que insiste y resiste. Histórikas produjo la fecha y volvió a poner en circulación una idea sencilla pero cada vez más necesaria: que organizar un recital también es construir comunidad. Que detrás de cada escenario hay trabajo. Que la cultura no aparece mágicamente cuando se encienden las luces. Hay personas que producen, gestionan, cargan equipos, venden entradas, arman escenarios, sacan fotos, hacen prensa y sostienen espacios. Esa trama invisible también forma parte del recital.
La furia también puede ser colectiva
Sara Hebe lleva años construyendo una obra donde el rap funciona como una herramienta para contar lo que incomoda. Desde sus primeras producciones independientes hasta sus trabajos más recientes, fue ampliando los márgenes de su música sin abandonar aquello que la convirtió en una referencia de la escena alternativa argentina. Después de 12 años, en Posadas, esa trayectoria apareció condensada en una noche.
Hubo canciones nuevas y canciones que ya forman parte de la memoria colectiva. Hubo electrónica y sonidos urbanos. Hubo referencias a otras épocas. Hubo baile. Hubo sudor. Hubo pogo. Y hubo política, pero no como una consigna separada de la música sino en las canciones, en los cuerpos, en el cartel sobre Puente Quemado, en la defensa del agua y los ríos, en la remera de Mandioca, en la decisión de hacer una fecha autogestiva y en ese público que durante algunas horas dejó de mirar una pantalla para encontrarse físicamente con otrxs.

Quizás por eso el recital de Sara Hebe en Posadas no se sintió como una visita más. Porque hay artistas que vienen a tocar sus canciones pero hay otrxs que consiguen que esas canciones se mezclan con el lugar donde están tocando.Por eso cuando finalmente terminó el show, quedó la sensación de que el pogo había sido mucho más. Había sido una forma de decir que todavía estamos acá, que todavía bailamos y gritamos. Pero también que hay territorios que, mientras haya cuerpos dispuestos a defenderlos, seguirán siendo nuestros.
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Fotos: Aimara Schwieters y Cecilia Fleitas