Día del Maestro: maestras que sostienen la escuela pública y hacen de la lucha una bandera.
Desde las primeras docentes que abrieron camino en las escuelas misioneras hasta las trabajadoras que hoy enfrentan salarios de miseria, sobrecarga laboral y escuelas deterioradas, la historia de la docencia en Misiones está atravesada por el trabajo, las desigualdades y también por la organización y la lucha.
*Escribe: Lucas Ruiz Moreno, Licenciado en Historia (UNaM).
Cada 11 de septiembre se conmemora el “Día del Maestro”, una fecha asociada al fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento y que año tras año se llena de homenajes, actos escolares y palabras de reconocimiento hacia quienes enseñan. Sin embargo, esta efeméride también puede ser una oportunidad para mirar más allá de la imagen tradicional del maestro y recuperar una historia muchas veces relegada: la de las trabajadoras de la educación que, desde los orígenes del sistema educativo, formaron parte del mundo del trabajo asalariado y que, con el paso de las décadas, también protagonizaron grandes luchas por sus derechos y por la escuela pública.
Desde fines del siglo XIX, la educación primaria se consolidó como una de las primeras actividades asalariadas que permitió a las mujeres incorporarse al empleo estatal. En Misiones, como en otras regiones del país, las primeras escuelas tenían una organización muy diferente a la actual: “niños” y “niñas” concurrían a establecimientos separados y las maestras estaban principalmente a cargo de la educación de las niñas. La enseñanza incluía lectura, escritura y conocimientos básicos, pero también tejido, cocina, planchado y limpieza de la ropa. La educación femenina estaba atravesada por las expectativas sociales de la época y buscaba preparar a las niñas para ocupar el lugar que el orden social les asignaba, fundamentalmente dentro del hogar.
La incorporación de mujeres a la docencia fue parte de un proceso de expansión del empleo estatal y del trabajo asalariado femenino. Más de un siglo después, la docencia continúa siendo una actividad fuertemente feminizada en Misiones. Según los Censos Docentes de 1994, 2004 y 2014, entre el 73% y el 76% del personal docente de la provincia son mujeres, muchas de ellas sostén económico de sus hogares. Por eso, cuando los salarios pierden poder adquisitivo o se deterioran las condiciones de trabajo, el impacto recae especialmente sobre miles de trabajadoras misioneras.
Entre la escuela y la casa, una jornada que no termina
Existe una idea instalada de que el trabajo docente comienza cuando la maestra entra al aula y termina cuando suena el timbre. La realidad cotidiana demuestra lo contrario. La jornada continúa después de la salida: planificaciones, correcciones, informes, reuniones, preparación de materiales, carga administrativa, proyectos y capacitaciones son tareas que muchas veces se realizan fuera del horario laboral y terminan trasladándose al hogar.
A esta jornada se suma, para las docentes, el trabajo doméstico y de cuidados. Cocinar, limpiar, cuidar a los hijos, acompañar a familiares y resolver las tareas cotidianas forman parte de una segunda jornada que no figura en ningún recibo de sueldo. Así, las trabajadoras de la educación enfrentan una doble carga: por un lado, deben vender su fuerza de trabajo para obtener un salario; por otro, realizan un trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que resulta indispensable para sostener los hogares y reproducir la vida cotidiana de su familia.
Esta situación no responde a una predisposición natural de las mujeres para cuidar o educar, sino a una división social del trabajo históricamente sostenida por el patriarcado capitalista. La docencia, construida alrededor de ideas como el “cuidado”, la “paciencia” y la “vocación”, termina muchas veces reproduciendo dentro y fuera de la escuela una distribución desigual de las responsabilidades. Entre el aula y el hogar, las horas del día no alcanzan y el trabajo de las “maes”, las “seños” y las “profes” se multiplica silenciosamente.
Escuelas que se sostienen a pulmón
La precariedad de la educación pública misionera tampoco puede reducirse al problema salarial. En numerosas instituciones persisten problemas de infraestructura, aulas sin ventilación adecuada, baños deteriorados, mobiliario insuficiente, falta de conectividad y escasez de materiales didácticos que pueden permanecer durante meses sin respuestas de fondo. Cuando falta personal no docente, son los propios docentes quienes terminan limpiando las aulas. Cuando los recursos no alcanzan, aparecen las rifas, las peñas y otras actividades para recaudar dinero. Cuando un “gurí” llega a la escuela con hambre, allí están también los docentes, preparando la leche, sirviendo la merienda o buscando la manera de garantizar que pueda alimentarse y permanecer en el aula. A las tareas pedagógicas se agregan responsabilidades que exceden ampliamente la función docente: acompañar emocionalmente a los estudiantes, intervenir frente a situaciones de violencia escolar, mediar ante conflictos familiares, contener crisis y garantizar, muchas veces con escasos recursos, la inclusión educativa. La escuela pública termina convirtiéndose en uno de los últimos espacios de contención frente a una realidad atravesada por la pobreza, la desigualdad y la falta de respuestas estatales.
Trabajar para enseñar y trabajar para llegar a fin de mes
El amor por enseñar no paga el alquiler, no llena la heladera y tampoco alcanza para cubrir las necesidades básicas. La docencia misionera atraviesa desde hace años una profunda crisis salarial, con ingresos que pierden frente al costo de vida y obligan a numerosos trabajadores a multiplicar sus horas de trabajo para sostener sus hogares. Muchos docentes necesitan desempeñarse en varias escuelas o acumular cargos y suplencias. Otros deben buscar empleos en contraturno bajo la malaria capitalista del “pluriempleo”: atendiendo comercios, trabajando en kioscos o verdulerías, realizando tareas de limpieza, manejando vehículos a través de plataformas como “uber” o cualquier otra actividad que permita completar un ingreso.
Durante las últimas décadas, el salario de bolsillo de un maestro de grado con diez años de antigüedad no llegó a cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBT), y al día de hoy incluso teniendo dos cargos tampoco alcanza a cubrir el total de la CBT. El dato permite dimensionar la pérdida del poder adquisitivo y la creciente pauperización de las condiciones laborales de los trabajadores de la educación en Misiones. Detrás de cada estadística existen docentes que ajustan sus gastos, familias que no llegan a fin de mes y trabajadores que se sobreexplotan cada vez más o se terminan endeudando.
En Misiones, las maestras también enseñan luchando por sus condiciones de trabajo
En este contexto, no resulta extraño que la docencia misionera tenga una larga tradición de organización y lucha. Las maestras y los maestros han protagonizado huelgas, movilizaciones, acampes, cortes de ruta, caravanas, concentraciones, asambleas y distintas formas de protesta para reclamar salarios dignos, estabilidad laboral, mejores condiciones de trabajo y presupuesto para la educación pública.
En cada conflicto aparece una misma escena: docentes que dejan las aulas para ocupar las calles. Pero cuando lo hacen no están abandonando la escuela pública, sino defendiéndola. Cada paro, movilización o acampe expresa una disputa por el salario, pero también por mejorar el conjunto de las condiciones materiales donde se desenvuelve la comunidad educativa. Frente a los discursos oficiales que apelan al diálogo mientras los salarios se deterioran y las escuelas continúan acumulando necesidades, los trabajadores organizados muestran que los derechos no se conquistan mediante homenajes ni discursos, sino mediante organización y lucha. Y las maestras han estado, una y otra vez, en el centro de esas luchas. Han encabezado movilizaciones, sostenido acampes, participado de asambleas, protagonizado huelgas y puesto el cuerpo frente a las políticas de ajuste. Las mismas trabajadoras que cargan con una doble jornada dentro y fuera de sus casas son también quienes protagonizan buena parte de las luchas por el salario y por la defensa de la escuela pública.
Una historia que sigue escribiéndose
Las primeras maestras misioneras tuvieron que abrirse camino en una sociedad que reservaba para las mujeres el ámbito doméstico. La docencia fue una de las vías de incorporación femenina al empleo estatal y asalariado. Las maestras de hoy siguen al frente de la economía doméstica y enfrentan otra batalla: defender ese trabajo frente al avance de la precarización laboral, el ajuste y el deterioro de las condiciones de vida. Por eso, no hay contradicción entre enseñar y luchar. Defender el salario docente, reclamar escuelas en mejores condiciones, exigir presupuesto y enfrentar la precarización también es defender la educación pública. Porque una escuela no puede ser de calidad cuando quienes trabajan en ella son pobres, cuando faltan recursos y cuando las necesidades básicas de los estudiantes terminan siendo sostenidas con el esfuerzo personal de sus trabajadores.
Este 11 de septiembre no alcanza con decir “feliz Día del Maestro”. Hay que mirar las condiciones en las que trabajan quienes educan en Misiones, hablar de sus salarios, de sus jornadas interminables, de las escuelas deterioradas y de las responsabilidades que el Estado nacional y provincial descargan cada vez más sobre los trabajadores. Pero también hay que reconocer algo que los actos escolares suelen dejar afuera: la tradición de organización y lucha de las maestras y los maestros misioneros. Porque las trabajadoras de la educación no necesitan un día para demostrar que son maestras. Lo hacen todos los días frente al aula, en la escuela, y también en las calles, cuando salen a luchar por sus derechos.
En Misiones, el Día del Maestro no se celebra solamente el 11 de septiembre. Se reivindica y se pelea todos los días.

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